Las emociones en la era digital

Estrella Flores Carretero

La inteligencia artificial no camina, corre. Casi sin ser conscientes, interactuamos constantemente con robots, incluso empezamos a tomar cariño a las respuestas de Alexa y nos reímos con los absurdos chistes de Google Home. Pero una cosa es que las máquinas nos provoquen emociones y otra muy distinta que ellas sientan algo por nosotros.

Asistentes personales, algoritmos que nos ofrecen recomendaciones personalizadas, chatbots a los que solicitamos informaciones y servicios… Todo esto no es el futuro; lo usamos ya, cada día.

La inteligencia artificial nos provoca emociones (aunque muchas veces sean de ira), pero no nos engañemos: lo contrario es imposible; las máquinas no sienten, pese a que podamos programarlas para que lo parezca. Pueden aprender de nuestros comportamientos, pero nunca desarrollar emociones.

¿Las emociones son exclusivamente humanas?

Tenemos emociones cuando se produce un estímulo, externo o interno, que modifica nuestro estado somático. Cuando ese cambio somático pasa a ser consciente, se produce lo que denominamos emoción, una reacción neurofisiológica desencadenada por el estímulo.

Las emociones nos llevan a tomar decisiones, correctas o incorrectas, apropiadas o inapropiadas. Son las responsables de nuestra conducta, del comportamiento en sociedad y de la adaptación al medio. Algunas son necesarias para la supervivencia y por eso también las tienen los animales. Permiten defenderse, huir ante una amenaza, anticipar un peligro, relacionase para la reproducción…

El ser humano suele reflejar sus emociones en la expresión facial, y digo suele porque es posible sentir ira y sin embargo sonreír ante la persona que nos provoca el peor sentimiento.

Tradicionalmente, se han establecido emociones básicas: la tristeza, la alegría, el miedo, la sorpresa, el asco y la ira, aunque algunos investigadores afirman que son menos, ya que el miedo y la sorpresa comparten señales de expresión, y lo mismo ocurre con el asco y la ira. Sin embargo, no importa cuántas sean las emociones básicas como la complejidad de sus manifestaciones. La riqueza emocional es infinita y también sus vías de expresión: fisiológicas, cognitivas, conductuales…

¿Inteligencia artificial o inteligencia humana?

Dado que las emociones influyen en las decisiones, cuando controlamos, analizamos y medimos las emociones, podemos prever las reacciones de las personas, al menos en teoría. Esto es lo que anima a la inteligencia artificial: la posibilidad de dirigir el comportamiento humano hacia una compra, una actitud, una ideología.

Los sistemas son capaces de detectar nuestras emociones básicas y actuar en consecuencia. Así, la neurotecnología puede guiar las decisiones de los inversores o el neuromarketing conducir a los compradores por las tiendas de moda.

En eso trabajan los algoritmos que analizan nuestras reacciones para predecir las preferencias. Pero no siempre aciertan. Primero porque no existen dos cerebros iguales (a diferencia de las máquinas), ni experiencias de vida idénticas, ni entornos gemelos; y después, porque las emociones trabajan junto con la razón barajando alternativas que jamás podrá hacerlo una máquina. Pero ¿qué pasa si dejamos de tomar decisiones y permitimos que lo haga un robot?

Creía que era imposible pensar que la inteligencia artificial llegue a superar a la humana (ni siquiera a la del más necio de los humanos). Se supone que tenemos en nosotros mismos el poder de tomar decisiones, la capacidad para mejorar nuestras vidas y las de quienes nos rodean y la posibilidad de influir en los entornos, digan lo que digan los algoritmos. Pero ¿y si preguntamos a esos algoritmos para que decidan por nosotros?

Las emociones que nunca tendrá un robot

Tras las emociones llamadas básicas, surgen las secundarias, un sinfín de ellas regidas por normas sociales y éticas, por creencias y experiencias, por condicionamientos de amor o de odio, por imposiciones educativas, por tradiciones culturales, por conocimiento experimental, por prejuicios… En ocasiones, tras una emoción habrá un deseo de venganza o un propósito para lograr determinado fin; otras, nos moverá el altruismo o el afán de superación. Somos seres complejos llenos de matices. ¿Y llegará a programarse tantos matices en el futuro?

Del manejo de nuestras emociones, positivas, negativas o ambiguas, dependerá el bienestar propio y ajeno. Por eso es tan importante su educación, porque con ello ganaremos:

  • Autoconocimiento. Saber identificar las propias emociones y entender cómo nos afectan permite conocer a qué obedecen nuestros sentimientos y, en consecuencia, tomar decisiones con autoconciencia, sin dejarnos influir por un estado de excesiva alegría, movidos por la ira o conducidos por la tristeza.
  • Autocontrol. Es conducir nuestra vida con inteligencia. Las emociones no pueden llevarnos a sabotearnos a nosotros mismos. Manejarlas es una salvaguarda de las relaciones con los demás y del bienestar personal presente y futuro.
  • Automotivación. Centrarnos en las metas, poner el foco en los beneficios y no en los obstáculos es una actitud derivada de la educación de las emociones. Solo así lograremos la fortaleza, la constancia y la pasión para alcanzar los objetivos propuestos.
  • Empatía. Conocer las emociones propias permite también reconocer las de los demás; así, no solo sabremos lo que dice el otro, sino también lo que no expresa con palabras; el lenguaje no verbal que revela sus sentimientos de tristeza, desconfianza, temor… Cuanto más sepamos del otro, más podremos ponernos en su lugar y darle amor, la única forma de recibirlo.
  • Habilidades sociales. Somos seres sociales. Relacionarnos nos proporciona alimento intelectual y afectivo. Las personas que viven en pareja y que tienen relaciones de auténtica amistad son más longevas y disfrutan de mejor salud. Educar las emociones es ganar en habilidades sociales para tener un mayor bienestar personal, social, profesional.

Educar nuestras emociones es conocernos y conocer a los demás, lo único que verdaderamente puede hacernos crecer como personas y llevarnos a avanzar en el diálogo, la confianza entre nosotros, la cooperación entre los pueblos. Tenemos que aprovechar las ventajas de la inteligencia artificial para aumentar el conocimiento sobre los demás y sobre nosotros mismos, pero ningún algoritmo nos va a enseñar a ser felices, a decir no a quien intenta hacernos daño o a plantar cara a quienes tratan de condicionarnos para tomar una decisión inadecuada. Más bien al contrario, y contra eso debemos estar preparados. Sino seremos una masa humana mimetizadas con algoritmos que han tomado el control de nuestra propia alma.

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