Las Caricias, el aliento de nuestras Emociones

Estrella Flores Carretero

Las caricias no solo suponen contacto físico, sino también el reconocimiento del otro. En psicología, una caricia es cualquier estímulo intencionado que una persona hace para demostrar que se da cuenta de que otra persona está ahí: puede ser mediante el tacto, pero también con gestos o con palabras. Preferimos una respuesta dolorosa a que no haya respuesta. Eric Berne, el psiquiatra padre del análisis transaccional, lo explicó muy claramente: «Es mejor tener mal aliento que no tener aliento».

Somos así: necesitamos las caricias tanto como el alimento y sin ellas no podemos vivir. La ciencia ha demostrado que los niños que no reciben contacto físico, abrazos, abrigo, elogios… llegan a padecer terribles deficiencias en su desarrollo, trastornos graves e incluso la muerte. René Spitz (1887-1974), el médico y psicoanalista austríaco, especializado en comportamiento infantil, fue el primero en investigar y documentar los devastadores efectos de las carencias afectivas en los niños. Las conductas desadaptadas de los adultos en un porcentanje altísimo, se han fraguado aquí, en una infancia sin caricias.

Alimento de niños y mayores

Esta hambre de reconocimiento no se pasa con los años. Persiste a cualquier edad: para poder existir necesitamos que los demás reconozcan nuestra existencia. Y aunque preferimos, claro está, que esa caricia que esperamos sea positiva, nos sirve cualquiera para seguir existiendo.

Las caricias se clasifican en tres bloques básicamente;

  1. Caricia positiva: te ayudan a sentirte bien.
  2. Caricia negativa: son aquellas que te hacen sentirte mal, poco querido y valorado.
  3. Mixta: Es una caricia falsa, una desvalorización vestida de elogio. Ej cuando dicen “que bien lo has hecho por esta vez”

¿Y qué hacemos para mejorar?

En 1975, el psicólogo Claude Steiner formuló su «Teoría de la economía de las caricias». Para Steiner, todos hemos sido educados por escatimadores de caricias, ya que incluso los padres más amorosos utilizan las caricias para modelar el comportamiento de sus hijos. Este déficit de caricias puede ser leve o severo y, dependiendo de su nivel seremos más o menos adaptados, más o menos felices.

Obviamente, no se puede premiar con caricias una conducta indeseable ni tampoco estar todo el día ofreciendo caricias, porque perderían su valor; si premiamos con una golosina cada cosa que nuestro hijo haga bien, no solo acabaremos perjudicándole, sino que terminará por aborrecer los dulces.

Tanto el exceso como el déficit provocan situaciones que pueden dañar a nuestros hijos, a nuestra pareja, a los amigos o a los colaboradores en el terreno profesional. Por eso nos enfrentamos a un equilibrio difícil a la hora de administrar el reconocimiento y de recibirlo sin resultar perjudicados. Steiner llegó a la conclusión de que muchas enfermedades psíquicas y numerosos comportamientos desadaptados tienen su origen en el flujo inadecuado de caricias que recibimos de nuestro entorno.

Cuando un niño o un adolescente o nuestra pareja o nuestro colaborador se alimenta de caricias incondicionales positivas se siente bien, aprende a estar bien y transmite bienestar a su alrededor. Pero si no percibe ningún reconocimiento, buscará hacer algo que motive la respuesta. Y la actitud para llamar la atención del otro puede ser luchar por el premio…, pero también por el castigo.

Por eso hay niños demasiado perfeccionistas, obsesivos, sumisos… que quieren gustar como sea haciendo lo que creen que esperan de ellos los adultos, y todo lo contrario: chicos rebeldes, indisciplinados, agresivos… que desean llamar la atención de quien solo se ocupa de ellos ante su comportamiento díscolo. Pero esto ocurre también con los adultos.

Tanto las personas que reciben un exceso de caricias negativas como las que no reciben ninguna pueden desarrollar una baja autoestima, depresión, ansiedad, neurosis…

Una formación adecuada de nuestras emociones nos permitirá aprender a dar y recibir caricias y también a rechazar aquellas que sean negativas. De todo esto dependerá nuestro autoconcepto, las relaciones con los demás y, en consecuencia, nuestro bienestar. Educar las emociones es invertir en felicidad es invertir en salud, es buscar siempre caricias que sepan a besos.

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